por Marvin Ramírez
La historia de Jeffrey Epstein no trata solamente de un financiero caído en desgracia o de una red de tráfico sexual. Es, sobre todo, el reflejo de un sistema judicial que se detuvo antes de llegar a los verdaderos culpables. Años después de la misteriosa muerte de Epstein en una celda de Nueva York, la única persona que cumple una condena por esta vasta red de explotación es una mujer: Ghislaine Maxwell.
Eso no es justicia. Es encubrimiento.
Maxwell, sentenciada a 20 años en una prisión federal por ayudar a Epstein en el reclutamiento y tráfico de menores, ciertamente tiene responsabilidad en sus actos. Pero resulta ilógico —y moralmente inaceptable— que ninguno de los hombres ricos e influyentes que presuntamente abusaron de las víctimas haya enfrentado juicio ni pa