Dar la espalda a todo —tratados internacionales, voluntad a una resolución concertada, conmiseración humana ante la carnicería perpetrada— y seguir adelante.

Ya lo dijo Peter Sloterdijk: “Sabemos lo que hacemos, y aún así lo hacemos”.

La subliminal misión “histórica-espiritual” de Benjamín Netanyahu —que pasa por encima de los rehenes israelitas en manos de Hamás— se apropia a fuego, paranoia y sangre de la Ciudad de Gaza, desplazando a un millón de palestinos —afectados por la fatiga inhumana de la devastación y la hambruna genocida— de su propia tierra.

El Estado sionista no atiende ni entiende las treguas propuestas —ante la inutilidad de las naciones y los suspiros de papel— y se abalanza con agresión insultante —que bien podría llamarse rapacidad depredatoria—, cazando desde la sup

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