No había pasado ni una hora desde que se había conocido la noticia del fallecimiento de la actriz Verónica Echegui y ya había reporteros ávidos de dolor ajeno apostados ante el tanatorio
Sabemos poco de la muerte. No me refiero al proceso biológico, sino al burocrático. Una querría sollozar, dormir o echarse unos copazos al gaznate, hay un duelo para cada persona, pero antes de procesar que acabas de besar por última vez la frente aún tibia de un ser inmensamente querido te encuentras parloteando con agentes de seguros y deletreando el nombre de tus tíos a un hombre trajeado que te enseña modelos de esquelas en Word. Después eliges entre media docena de urnas idénticas mientras te preguntas si la prima Lucía habría preferido figurar como Luchi y el ateísmo rampante te hace cuestionarte es