Siempre he sido muy llorona. Lloro de alegría, de melancolía, de tristeza… de todo. Confieso que lloro cuando leo, cuando veo una escena que parece no tener nada que ver conmigo, cuando aparecen en la pantalla los típicos comerciales de Navidad o del Día de la Madre. Pero un día… dejé de llorar.
Hace seis años viví un evento traumático muy significativo. Busqué apoyo emocional para poder sobrellevarlo y seguir adelante. Algo ocurrió en mí, en mis emociones y en mis sentimientos, que me secó por dentro: dejé de llorar. Me sentía como “seca”, como si nada lograra atravesar ese caparazón que me cubría. Ni una sola lágrima brotó hasta después de tres años, gracias a mucho trabajo emocional, físico y, sobre todo, al amor de mis cercanos.
Cuento esto porque sé que hay personas a quienes les pa