Hace dos siglos, l os negreros más temidos en Cuba eran los catalanes , y la plaza de Sant Jaume en Barcelona funcionaba como un mercado de esclavos . El Diario de Barcelona del 31 de mayo de 1798 anunciaba: «Quien quiera comprar una negra, y una hija suya, mulata, que sabe guisar, lavar y planchar bien, acuda enfrente de la casa de los Gigantes…».

Hoy, el tráfico de seres humanos ya no lo dirigen los apellidos ilustres de la burguesía catalana, sino ciertas organizaciones que se presentan como humanitarias y dicen dedicarse a rescatar personas en peligro en el mar. El negocio consiste en subir a los inmigrantes a una embarcación , sacarlos fuera de aguas territoriales libias y avisar a la ONG del catalán Óscar Camps . Ahí reside la farsa: el Open Arms no rescata náufrago s, sino que acude deliberadamente a su encuentro para trasladarlos a Europa y alimentar así el engranaje de las mafias . Un circo humanitario financiado por ayuntamientos y donaciones privadas.

¿No sería más digno y humano conceder visados en origen, para que esas personas no caigan en manos de los traficantes y no se vean obligadas a jugarse la vida en el mar? Eso, sin embargo, acabaría con el multimillonario negocio del Open Arms y de otras organizaciones que se dicen benéficas.

Como resume el camerunés Ndongo : «La única diferencia entre el Open Arms y los barcos negreros de antaño es que ahora somos los propios negros quienes pagamos la cruzada a unos esclavistas que se disfrazan de progresistas y nos prometen trabajos serviles, aunque sin látigos».

A Óscar Camps lo acusaron de «negrero» los propios socorristas del Open Arms, a los que mantenía trabajando en negro , irónicamente. Las labores de salvamento en el mar no deberían quedar en manos de ONGs, porque ya las asume nuestra Armada , que ha salvado muchas más vidas, aunque a Jordi Évole jamás se le ocurra dedicarle un documental. No hay nada más verdaderamente humanitario que desguazar el Open Arms.