Guillermo Arreola Ciudad de México / 29.08.2025 17:11:46

—Mira tu mano —me indicaba—, ¿qué ves?

—Piel, volumen, carne.

—Ojalá también veas un recuerdo, zonzo, o al menos el nacimiento de un camino. Ojalá descubras tu propio secreto.

Yo me reía. Entonces ella me miraba, reprobatoria, presta para el regaño:

—Así nunca vas a llegar a nada —me decía.

***

Decimos que era difícil (y vaya que lo era) porque entre su sí y su no palpitaba siempre un motivo de trascendencia, como en la literatura. Por motivo de trascendencia, podía golpear como agua pasada por electricidad, incluso insultar; o, por el contrario, arropar como con telas extremadamente suaves, que algo tenían de la pavura a lo sagrado, para ver desde la palabra (que es también ojo) y buscar el engranaje a dislocaciones propi

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