Tradicionalmente mal vista --o al menos mirada con recelo-- la profesión del periodismo --como oficio y forma de vida-- prácticamente ha desaparecido ante la avalancha impune de los advenedizos. Se fueron los toreros, llegaron los espontáneos.
La eclosión de las redes sociales y la comunicación instantánea han sustituido, al menos en la práctica sin rigor, al complicado oficio de elaborar un diario o armar con profesionalismo un noticiario de radio o televisión.
Pero más allá del facilismo digital y técnico, hay algo peor.
Los diletantes, los advenedizos, los voluntarios incrustados en los medios de factura tradicional en pago de una pluralidad de cuotas políticamente correcta, inventada desde la conveniencia de quienes confunden democracia con camaleonismo.
Durante muchos años cada co