Mi primer contacto con un “muscle car” fue en los inicios de los setenta, cuando apenas tenía unos siete años. Mi tío Agustín Sánchez, le gustaba “tirar rostro” con sus coches y uno de ellos era un Dodge Super Bee azul cielo con líneas negras y el logo de una abeja con su casco de piloto. En la era dorada de los muscle cars estadounidenses, entre el rugido de motores V8 y la rebeldía juvenil que definió a finales de los sesenta y principios de los setenta, fue entonces cuando emergió este modelo que se convirtió rápidamente en un símbolo de potencia accesible y personalidad sin filtros: el Dodge Super Bee.

Ensamblado por primera vez en 1968 como respuesta de Dodge al éxito del Plymouth Road Runner, el Super Bee tomó forma sobre la plataforma B-Body de Chrysler y fue concebido bajo una pre

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