Por: Manuel Rivera •
“Ay, Manuelito, eres más necio que una mula”, así marcaba ella desde muy niño la personalidad que regiría gran parte de mi vida.
Y como si fuera un embrujo esa sentencia de mi abuela —en más de una ocasión mi mamá concedió a su suegra la capacidad de hacer hechizos— me mantenía en mi posición frente al escritorio de la asistente del ejecutivo con quien deseaba hablar.
—¿Quién es usted? —fue el primer y único cuestionamiento que me repetía la dama de elegante traje sastre y fina joyería, quien fungía como integrante del cuerpo de asistentes que trabajaba en las oficinas de ese corporativo, mujeres que parecían ser distinguidas modelos, la mayoría de piel blanca y cabello rubio o negro azabache.
—Tengo más de medio siglo preguntándomelo y aún no lo sé —le respondí.

La Jornada Zacatecas

The Conversation
Raw Story