Está la convivencia sinojaponesa enturbiada por nacionalismos exacerbados, heridas históricas sin cauterizar, pleitos territoriales y la desconfianza secular. En ese terreno erógeno que exige 'finezza' ha provocado Sanae Takaichi, la primera ministra japonesa , un seísmo con consecuencias imprevisibles y sin final a la vista. Su compromiso de defender Taiwán de un ataque chino la sitúa frente a un dilema shakesperiano: unas disculpas que arruinarían su imagen de lideresa dura o seguir a la greña con su principal socio comercial. Margaret Thatcher, su reconocida inspiración, apostaría por lo segundo; el sentido común aconseja lo primero.
Suman ya China y Japón tres semanas fragorosas desde aquellas declaraciones del 7 de noviembre en el Parlamento. Pekín ha desempolvado el libreto co

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