La salida de Alejandro Gertz Manero no es una anécdota administrativa: es un parteaguas en la disputa por el control real del Estado mexicano. Durante años, Gertz fue la bisagra que conectó al gobierno con un aparato judicial moldeado para proteger a los poderosos y administrar la impunidad. Pero esa bisagra dejó de ser necesaria en cuanto la transformación adquirió fuerza propia.
El viejo régimen no desapareció: se replegó. Ese repliegue es el Estado profundo, un entramado de intereses permanentes
—militares, judiciales, ministeriales y mediáticos— que no gobiernan abiertamente, pero sí imponen límites, bloquean y sabotean. Son las inercias que sobreviven a sexenios, las mentalidades de cuartel, los pactos de autoprotección entre mandos y jueces, el sistema de filtraciones y chantajes q

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