Todas las cosas tienen un principio, aunque algunos principios con el paso de los años vayan perdiendo la materia inconmovible con la que está hecho el material absurdo de las certezas y empiecen a cubrirse con la lenta bruma del olvido. Nada mejor entonces que la construcción de una memoria ficcional y alternativa que se imponga a ese vacío como una verdad inapelable. Resuelto esto y para establecer un punto de partida, diré que Cecil Taylor era un nombre más entre tantos otros que poblaban las páginas de una gruesa guía de Jazz recibida como regalo de cumpleaños cuando ese género fue ocupando el sitio que por una razón cronológica y de respeto a las nobles tradiciones argentinas, se suponía, debería haber ocupado el tango.

Tiempo después, fue un cuento leído en una antología publicada e

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