El cuerpo responde a la música con gestos mínimos que escapan al control consciente: una rodilla que sigue el compás, un dedo que se mueve sobre la mesa, una cabeza que acompasa los acentos. Esa reacción corporal forma parte de la forma en que el cerebro traduce los sonidos en movimiento , aunque hasta hace poco no se conocía el alcance de esa coordinación. Algunos estudios recientes han empezado a medir cómo esa sintonía se extiende incluso a los músculos más discretos , con resultados que abren nuevas líneas de investigación.

Los ojos también marcan el compás sin que lo notemos

Un equipo de neurocientíficos de la Academia China de Ciencias ha comprobado que el parpadeo también sigue el ritmo de la música. La directora del proyecto, Yi Du , explicó que “los parpadeos espontáneos de las personas se ajustan al compás incluso sin que se les pida moverse ”. El grupo observó este efecto en 123 jóvenes adultos mientras escuchaban piezas corales de Bach , seleccionadas por su tempo constante. Los participantes permanecieron inmóviles, pero las cámaras registraron una coincidencia sistemática entre cada cierre de párpado y el pulso de la melodía.

Los investigadores realizaron cuatro experimentos que combinaron el seguimiento ocular con registros de electroencefalografía y pruebas de imagen cerebral . En todos los casos, los parpadeos mantuvieron la correspondencia con el ritmo, incluso cuando las piezas se reprodujeron al revés o cuando se eliminaron las melodías familiares . Du añadió que “un movimiento tan pequeño como el parpadeo puede revelar una coordinación profunda entre audición y acción”. El efecto también se repitió en secuencias simples de tonos , lo que sugiere que no depende del reconocimiento de la obra, sino del patrón temporal de los sonidos.

El fenómeno no se mantuvo bajo cualquier condición. Cuando los participantes concentraron su atención en una tarea visual distinta, los parpadeos dejaron de acompasarse con la música . Tampoco persistió cuando la velocidad alcanzó los 120 golpes por minuto, lo que apunta a un rango óptimo de sincronía. Du señaló que “ un ritmo demasiado rápido rompe la conexión automática entre oído y movimiento ”. Esta observación llevó al equipo a proponer que los ojos, igual que otras partes del cuerpo, tienen un intervalo preferente de ajuste al compás . Los autores destacaron que este tipo de respuesta podría aplicarse en entornos clínicos, al tratar trastornos del ritmo o del control motor.

El cerebro aprende los acentos y ajusta sus respuestas con la repetición

La sincronización del parpadeo con el ritmo musical coincidió con una a ctividad cerebral que oscilaba al mismo compás . Las grabaciones mostraron que las ondas del cerebro seguían el patrón temporal de las piezas, y que esa coincidencia aumentaba cuando los sujetos escuchaban la misma obra repetidas veces . Esa adaptación progresiva indica que el cerebro aprende la estructura rítmica y anticipa los acentos, lo que ajusta de manera más precisa la coordinación de los movimientos oculares con el sonido.

Las imágenes obtenidas por resonancia magnética de difusión revelaron diferencias en las fibras de sustancia blanca que conectan las áreas auditivas y motoras. Las personas cuyos parpadeos coincidían con mayor exactitud mostraban una microestructura particular en el fascículo longitudinal superior izquierdo , una vía neuronal que enlaza la percepción del sonido con la ejecución del movimiento.

Según el estudio, esa conexión anatómica explicaría por qué algunas personas conservan una sincronía natural más precisa que otras. Du afirmó que “la relación entre la música y los movimientos diminutos del cuerpo muestra la magnitud con que los sistemas auditivos y motores colaboran”.

Los investigadores concluyeron que el parpadeo, un gesto aparentemente involuntario, puede servir como indicador de los procesos cerebrales que regulan la atención rítmica. La facilidad con que se mide convierte esta reacción en una herramienta útil para explorar alteraciones en la percepción del tiempo y en la coordinación motora . La posibilidad de emplearla en terapias basadas en música ofrece un campo prometedor, especialmente en patologías que afectan al control del movimiento o a la regulación de la dopamina.