Para muchos pibes de la Patagonia, el fútbol no es solo un deporte: es un pasaje de ida a un sueño. Ese camino, muchas veces, empieza lejos de casa. En Comodoro Rivadavia, la pensión de la Comisión de Actividades Infantiles —la histórica CAI, cuna de futbolistas que llegaron al país y al mundo— es el lugar donde decenas de adolescentes aprenden a vivir, entrenar y crecer solos, pero acompañados.
Nahuel Millaman tiene 16 años y toda su vida jugó en el club Belgrano de Esquel. En ese lugar se le encendió la chispa por el fútbol y, luego, de la mano de su papá, el camino los trajo hasta la CAI.
El joven muestra con orgullo un tatuaje en tinta negra que tiene en el cuello y se lee “Gonzalo”. “Es el nombre de mi papá”, dice, tocándose la piel. “Fue un pilar muy importante para que yo

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