Por Deilin Ochoa
En Yucatán, pocos ingredientes condensan tanta historia, simbolismo y sabor como el achiote. Conocido científicamente como Bixa orellana y nombrado en lengua maya como k’uxub o kiwi’, este fruto rojizo ha acompañado a los pueblos mayas desde tiempos ancestrales, no solo en la cocina, sino también en rituales, ceremonias y prácticas artísticas que forman parte del patrimonio cultural de la región.
Antes de convertirse en un ingrediente cotidiano, el achiote era un elemento sagrado. Su pigmento natural ofrecía un tono rojo intenso que simbolizaba vida, energía, fertilidad y conexión espiritual. Este color marcaba el cuerpo de los sacerdotes y guerreros, teñía textiles y artesanías, y formaba parte de ungüentos medicinales utilizados en la medicina tradicional maya.
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