La reciente ola de protestas violentas en Alemania , protagonizadas por activistas vinculados a la organización radical Antifa , ha reabierto el debate sobre los límites de la protesta política y la amenaza de los extremismos. Los incidentes ocurridos durante el congreso juvenil del partido Alternativa para Alemania (AfD) en la ciudad de Giessen , y la reacción de las autoridades, reflejan una tensión latente que podría tener implicaciones geopolíticas , especialmente tras la designación de Antifa como organización terrorista extranjera por parte de Estados Unidos .
Una protesta masiva que escapa al control: cifras, actores y detonantes
El 29 de noviembre de 2025, más de 25.000 personas se manifestaron en Giessen , Alemania, en rechazo al congreso fundacional de “ Generation Deutschland ”, la nueva organización juvenil de la AfD . La protesta, inicialmente pacífica, derivó en enfrentamientos con la policía , uso de gas pimienta, barricadas y lanzamientos de objetos. Hasta 6.000 agentes fueron desplegados —la mayor movilización en la historia del estado de Hesse — y se registraron una docena de heridos leves. La AfD, segunda fuerza en las recientes elecciones regionales, denunció una escalada antidemocrática promovida por grupos radicales de izquierda .
El pulso ideológico que divide a Alemania: historia, fondos y manipulación cultural
La emergencia de movimientos radicales en Europa remite a un patrón que recuerda a las décadas de polarización del siglo XX. Antifa , heredera simbólica del antifascismo militante, ha adoptado tácticas propias de la guerrilla urbana . Su presencia en Alemania , nutrida por subvenciones públicas indirectas y el respaldo de ciertos sectores mediáticos , contrasta con su reciente clasificación por EE.UU. como amenaza internacional. Por su parte, la AfD representa una respuesta social al fracaso de la integración migratoria y al descontento frente a las políticas comunitarias.
Trump, Grenell y el nuevo eje transatlántico contra la izquierda radical
El ex embajador de Estados Unidos en Berlín, Richard Grenell , advirtió en redes sociales sobre el crecimiento de una “ izquierda intolerante y violenta ” en Alemania, impulsada por medios progresistas y estructuras públicas. La administración Trump , en su segundo mandato, ha intensificado su ofensiva contra organizaciones como Antifa , marcando una línea de ruptura con Europa Occidental , donde aún se tolera —e incluso se financia— la militancia antisistema . Organismos como la UE y la ONU no han emitido valoraciones firmes, mostrando su dificultad para abordar estos fenómenos sin fracturar consensos internos.
¿Puede España permitirse ignorar este espejo? Lecciones de orden y soberanía
España observa con creciente inquietud la polarización alemana. Las dinámicas extremistas, aunque más contenidas en nuestro país, han tenido reflejo en disturbios vinculados al independentismo o protestas anti-policiales. La Unión Europea , que defiende la libertad de expresión , enfrenta ahora el dilema de cómo frenar el extremismo violento sin comprometer sus valores. La experiencia española contra el terrorismo de ETA debería servir de guía: firmeza legal, claridad política y defensa del Estado de derecho .
Una fractura que podría contagiar a Europa: riesgos para la gobernabilidad occidental
La incapacidad institucional alemana para contener los extremos abre la puerta a una crisis de legitimidad . La radicalización de la AfD y la violencia de Antifa no se neutralizan, se alimentan mutuamente. Si no hay integración posible, el sistema puede bloquearse. A escala europea, esta fragilidad puede impactar en el liderazgo alemán y fortalecer movimientos soberanistas en otros países. La cohesión de la UE se ve comprometida ante una Alemania polarizada y políticamente inestable.
Sin ley no hay libertad : cuando la autoridad se ausenta, el caos ocupa su lugar
La democracia no se defiende con violencia ni se construye sobre el sabotaje institucional. Las piedras y el acoso no son argumentos. La pasividad ante el extremismo de Antifa y la tibieza de parte del establishment europeo revelan una renuncia alarmante al principio de orden . Si Occidente quiere preservar su civilización, debe proteger sin complejos sus instituciones. La autoridad legítima no se impone: se ejerce. Y cuando no se ejerce, el vacío lo ocupa el caos.

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