Fue la india Santiaga quien le pidió a Miño, su marido, no decir nada; ambos habían quedado aterrorizados: pescaban como siempre cerca de la barra, en la densa madrugada, cuando sorpresivamente creyeron ver los ojos de un inmenso animal que venía hacia ellos, bajo el agua.
A lo lejos, una mancha blanca que debía ser Capure, efectos de las estrellas, y ellos en medio del rio infinito, tan manso a esa hora que casi permitía sentir el movimiento de los cardúmenes. Pescaban como siempre y de repente, a gran velocidad, quizás desde allá, desde el mar, algo iluminó las aguas. Quedaron atónitos y en pocos minutos dos ojos brillantes, hipnóticos, se acercaron. Andaban en lo profundo. Gritaron para ellos mismos, pensaron en abandonar la piragua, en lanzarse al rio, pero no hubo tiempo de nada: por