Por Karina Rocha
En el circo político mexicano hay payasos profesionales y hay otros que, aunque nunca fueron contratados, se suben al escenario con tal de llamar la atención, ese es el caso de Gerardo Fernández Noroña, quien en los últimos días volvió a protagonizar un bochornoso espectáculo en el Senado de la República, mostrando, una vez más, que su intolerancia y su hambre de reflectores pesan mucho más que cualquier compromiso con la democracia o el pueblo que dice defender.
Porque Noroña, fiel a su estilo de bravucón de barrio, no discute, grita; no argumenta, empuja; no dialoga, impone, su conducta se ha convertido en un insulto al cargo que ostenta, cada sesión es su oportunidad para armar el sainete del día, lanzar insultos disfrazados de discursos encendidos y victimizarse cuan