Natural de Barbastro, a Sergio Samitier le recibieron como a un general romano que entraba en la ciudad victorioso, repleto de tesoros magníficos, saludando desde una cuadriga, a su paso por su pueblo natal, impreso en la hoja de ruta que desembocaba en un esprint en Zaragoza.
Aplanadas las montañas que fijaron las diatribas de Juan Ayuso , –un día de funeral, el siguiente de boda y con el divorcio del UAE en sus planes para anillarse al Lidl en un futuro cercano, se dejó 5:20 porque sí en el extrarradio de Zaragoza– Samitier se regaló un baño de multitudes con una fuga a ninguna parte en la víspera de su cumpleaños.
Encendió las velas en un paisaje seco, árido, hostil que los ciclistas apaciguaban con bolsas de hielos sobre la nuca.
Philipsen repite
El mejor de los collares. Diama