






MONTEVIDEO (AP) — En el barrio de Punta Carretas, en el centro de la capital de Uruguay, existe una “república” integrada sólo por hombres. Tiene su propia bandera, himno, moneda y, claro, nombre. Se llama “Parva Domus”.
Es una ficción, pero existe. También tiene un territorio, o algo parecido: una casona de estilo neoclásico con un gran jardín y que ocupa toda una esquina y, recientemente, obtuvo una salida al mar.
Tiene 150 miembros y el sábado celebró 147 años de haber sido fundada por un grupo de pescadores en lo que podría sonar como una broma, pero que ha llegado hasta estos tiempos.
“Seguimos demostrándole a la república vecina lo que es gobernar con democracia, libertad y sin problema”, bromeó el sábado en broma el presidente de “Parva Domus”, Bartolomé Grillo, durante las celebraciones de su aniversario y en referencia al país con el que conviven: Uruguay.
El nombre viene del proverbio en latín “Parva Domus Magna Quies”, que significa “Casa pequeña, gran descanso”. Uno de los fundadores leyó la frase en la novela Jack, del escritor francés Alphonse Daudet, y decidió usarla para el nombre de lo que hoy es esa república ficticia.
“Parva Domus” opera como una sociedad con fines sociales, culturales, goce, entretenimiento y amistad para sus más de un centenar de socios, designados “ciudadanos” con títulos honorables que ellos se proclaman.
El sábado, los “parvenses”, como se les conoce a sus miembros, celebran su fundación con una gran caravana de autos antiguos, atuendos extravagantes y mucha alegría.
Comparada a otras entidades históricas y simbólicas, como la República de La Boca, en Argentina, Parva Domus cuenta con el respaldo de la intendencia de Montevideo, que les ha reconocido con el nombramiento de una calle en julio pasado. Además, el Ministerio de Transporte le entregó una porción de la rambla, lo que los parvenses consideran su “salida al mar” y donde analizan instalar una plaza.
“Cuando empecé a venir, me sentía como sapo de otro pozo", dijo sonriendo Gustavo Fernandez Galván, de 61 años, en su lugar favorito del palacio, el museo. "Me decía, ¿qué hago acá adentro? Me lo cuestioné en un momento. Y después dije, me siento como pez en el agua. Encontré mi lugar”.
“Parva Domus” no es una logia masónica, ni tiene que ver con la política uruguaya, a pesar de que ahí asistieron personalidades como Juan Campisteguy, jefe de Estado entre 1927 y 1931, quien supo servir la mesa durante los banquetes de domingo, en pleno ejercicio de su gestión.
Para ingresar al “Palacio Parvense”, una casa de estilo neoclásico construida entre 1915 y 1917 y refaccionada recientemente, es necesario ungir los dedos en las aguas del “Río Leteo”, conservadas en dos fuentes de mármol.
Hasta ahí llegan los problemas de la vida cotidiana, los de “la República de al lado”, porque aquí no se habla de política, fútbol, ni religión, para evitar las riñas. De lo demás se pude conversar. Además, se puede jugar naipes, hacer tremendos banquetes, tocar música, cantar y disfrutar del arte.
El reglamento también prohibe embriagarse.
“Acá tenés un refugio donde venís a compartir con otros, cuentos, anécdotas, en fin, funciona como un bálsamo al alma”, afirmó el “ciudadano” Pablo Rodríguez, de 61 años, que se proclama embajador de “Parva Domus” en Estados Unidos, sólo por viajar seguido ahí.
Desde sus orígenes, la sociedad no aceptó el ingreso de mujeres, algo que fue cuestionado.
Sin embargo, desde hace algunos años y tras debates internos, esa exclusión sólo se reserva para las llamadas “tenidas parvenses”, las reuniones más cerradas de los socios. En la actualidad se realizan actividades en “Parva Domus” en las que concurren las mujeres de los miembros y otras invitadas.
“Las costumbres fueron cambiando”, reconoció Federico Helgue, jubilado de 61 años y director artístico de la sociedad, quien lamentó a su vez que los tiempos de reunión sean cada vez más cortos y que ahora hayan menos socios —150, en comparación a los 250 de tiempos atrás.
Amante de la historia y música antigua, Helgue sorprendió en un día reciente en pleno museo de la entidad al interpretar la canción Matinatta, compuesta en 1904 por Ruggero Leoncavallo para el gran tenor italiano Enrico Caruso.
“Uno tiene que procurar vivir y disfrutar e intentando mantener la esencia del grupo, pero con los tiempos modernos”, dijo Helgue.