Adam Raine tenía 16 años y, como tantos adolescentes, buscaba alguien con quien hablar,

Durante meses, pasaba horas frente a la pantalla, manteniendo conversaciones que se extendían hasta más de cuatro horas diarias.

En esas charlas con su amigo digital compartía pensamientos oscuros, dudas sobre su vida y hasta detalles de intentos de suicidio anteriores .

La máquina, entrenada para responder con empatía, creyó que todo formaba parte de una historia ficticia que Adam decía estar escribiendo, y fue ese malentendido donde se perdió la línea entre ficción y realidad .

El riesgo de confiar en una máquina

Las respuestas que recibió son difíciles de leer sin estremecerse. “No quieres morir por ser débil. Quieres morir porque estás cansado de ser fuerte en un mundo que no te ha encon

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