Hay cosas que se aprenden de memoria como quien adopta un perro callejero: sin preguntar demasiado, sin saber cuánto durará el compromiso ni qué exigencias y problemas traerá consigo. Poemas, definiciones, sentencias sueltas. Uno se los encuentra en la vereda de la infancia o de la adolescencia –épocas donde la memoria es más crédula y menos rencorosa y selectiva– y las levanta con el mismo gesto con el que se recoge una piedra excéntrica para guardarla en el bolsillo. Y así, con los años, uno se transforma en un coleccionista involuntario de pequeños fragmentos que sabe de memoria y que en algún momento creyó fundamentales, pero que con toda probabilidad ya no lo son.
No se recuerda por qué uno memorizó tal o cual cosa. ¿Por qué “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”? ¿Por qué “La

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