No todo el mundo recuerda a un Eduardo Casanova adolescente. Muchos se han quedado con la imagen del artista provocador, del director que incomoda, del chico vestido de rosa en las alfombras rojas. Pero antes de todo eso hubo un niño que dejó el colegio con apenas 14 años para meterse en un plató que, aunque parecía un juego divertido, era un trabajo. Y ahí está el punto: Casanova empezó a trabajar como si ya fuese mayor, cuando todavía no sabía ni quién era.

Él mismo lo ha contado alguna vez, sin dramatismos pero con un poso de melancolía. Mientras sus amigos pasaban las tardes estudiando o jugando, saliendo de fiesta, él memorizaba guiones, encadenaba jornadas interminables y descubría que la popularidad tiene una letra pequeña que nadie se molesta en explicar. “Aprendí más en un

See Full Page