Los arqueólogos llevan más de un siglo desenterrando fragmentos de cerámica, herramientas y restos urbanos para entender cómo vivieron las civilizaciones antiguas. El paso del tiempo ha convertido esos objetos en claves del pasado, y pronto, los vestigios de nuestra era podrían cumplir la misma función.
La acumulación de plástico en playas, montañas y fondos marinos crea un nuevo tipo de registro que sobrevivirá mucho más que nosotros. Esa permanencia podría ofrecer a las sociedades futuras una imagen precisa de cómo se organizó y se transformó la vida en el planeta. La durabilidad de este material, hoy percibido como una amenaza ambiental, será el archivo involuntario que describa la cultura del consumo masivo.
El plástico se ha fundido con la piedra y ya forma parte del paisaje terrestre
Los tecnofósiles marcan el primer paso de esa transformación. En varios puntos del planeta, los científicos han identificado rocas compuestas por fragmentos de plástico fundido con arena, piedra volcánica, madera o conchas . Esos compuestos, conocidos como plastiglomerados , muestran cómo el plástico ha entrado en el registro geológico. Existen también variantes más ligeras llamadas piroplásticos , que parecen guijarros pero se deshacen entre los dedos, y finas películas llamadas plasticrusts que se adhieren a la superficie de las rocas costeras.
Cada una de estas formas revela la manera en que el calor, el viento y las corrientes marinas modifican la materia y la integran en el paisaje. Según los investigadores, esas capas serán visibles en los estratos del futuro como señales inequívocas del inicio del Antropoceno .
El profesor John Schofield , de la Universidad de York, defiende que esos residuos representan una fuente de conocimiento sobre el presente. Según explicó a ZME Science , “los objetos se pierden o se desechan, de forma voluntaria o accidental, y en ese momento pasan del contexto sistémico al contexto arqueológico”.

Para el investigador, un vaso de yogur abandonado en la arena equivale a una moneda romana o a una vasija neolítica , porque en ambos casos el objeto pasa a formar parte del registro material de una época. Los vertederos y las costas contaminadas serían, desde esta perspectiva, los yacimientos arqueológicos de nuestro tiempo .
Esa idea se amplía en la colaboración con la especialista Estelle Praet, que estudia cómo la contaminación plástica afecta a la conservación del patrimonio natural y cultural. Praet sostiene que los restos de polímeros, al alterar el equilibrio de los ecosistemas, pueden destruir vestigios históricos y a la vez ofrecer información sobre la forma en que las sociedades afrontan las crisis climáticas. Schofield coincide en que el análisis arqueológico de estos residuos puede ayudar a entender la raíz del problema ambiental . Ambos investigadores ven en la arqueología una herramienta para observar cómo las decisiones tecnológicas y de consumo han modelado el planeta.
Las cifras del plástico revelan una permanencia que supera cualquier registro histórico
La magnitud de esa huella se mide en cifras. Desde 1950 se han producido más de 9.200 millones de toneladas de plástico , más de la mitad después de 2004. Solo el 9% se ha reciclado y el 14% se ha incinerado, mientras que el resto permanece disperso por el medio ambiente. Esa permanencia convierte al plástico en un testigo que no desaparece y que documenta las prácticas industriales y domésticas de las últimas décadas. Su presencia en la atmósfera, los océanos y la superficie lunar demuestra la escala global del fenómeno y su carácter irreversible.

El proceso que lleva a un objeto moderno a convertirse en material arqueológico sigue un patrón. Los plásticos se fragmentan en microplásticos, viajan impulsados por el viento o el agua y acaban depositados en lugares muy alejados de su origen. En esos recorridos, cada pieza guarda información sobre el sistema productivo, la tecnología empleada y los hábitos de quienes la usaron.
Cuando los arqueólogos del futuro analicen esos restos, podrán fecharlos, identificar su función y reconstruir la vida cotidiana del siglo XXI con la misma metodología aplicada hoy a las cerámicas prehistóricas. Schofield lo resume así: “Los residuos plásticos son un archivo valioso que contiene las pistas para resolver el problema que ellos mismos representan”.
El estudio de estos materiales abre una vía insólita para comprender la relación entre la humanidad y el planeta. La basura que hoy flota en los océanos y no se degrada en los bosques acabará endurecida en los estratos de la Tierra , convertida en el testimonio más duradero de nuestra civilización.

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