Durante años, en las montañas donde se movían los jefes paramilitares más peligrosos del país, el nombre de Víctor Carranza circulaba como una sombra inevitable. Lo mencionaban con una mezcla incómoda entre respeto y prevención. Carranza parecía tener un blindaje imposible de romper, una suerte de resguardo que no provenía de abogados ni escoltas, sino de una percepción generalizada: enfrentarlo traía consecuencias. En ese mundo, pocos generaban tanto temor sin necesidad de levantar la voz.

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La justicia lo buscó durante décadas. Sospechas, expedientes, declaraciones, informes reservados, acusaciones que se apilaban como capas de una historia que nunca terminaba de cuajar.

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