Cada verano en el lago Mono, los falaropos de Wilson duplican su peso alimentándose de nubes de moscas alcalinas. Luego, casi invisiblemente, recorren un arco de seis mil millas hasta la Laguna Mar Chiquita, en Argentina, enlazando a dos comunidades distantes que ahora están unidas por un ave frágil y aguas en desaparición.

Donde un murmullo se convierte en puente

Al amanecer, el lago Mono parece respirar. Miles de falaropos de Wilson se inclinan y pliegan en el cielo, transformando el horizonte en un murmullo que susurra como lona al viento. Cuando descienden en picada, el batir sincronizado de sus alas barre el agua, y el silencio se siente sagrado.

Estos pequeños playeros de pico fino usan el lago como estación de escala. Durante semanas en julio, se atiborran de larvas de mosca alca

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