Atormentada por una legión de demonios y fantasmas que la acosaban, que la seguían a donde quiera que iba, la mujer terminó sus días en la calle, semidesnuda, trastornada su razón y hablando incoherencias.
Las crónicas la describen como una “piltrafa humana” a la pobre, y hay una versión que asegura que arrastró en su locura a sus dos pequeños hijos, y que a ellos los recogieron —literalmente los arrancaron del cadáver de la madre— y fueron llevados a un orfanato de la capital.
Dicen que enloqueció porque no pudo cumplir con la última voluntad de su marido, un general que se licenció de los cuerpos irregulares que comandó Francisco Villa en los días previos a su rendición y desarme. La misión que le encomendó el esposo a la mujer fue recuperar un entierro de oro y plata que había tenido