El discurso del Gobierno nipón en torno a la defensa enfurece a China, choca con una población más interesada en atajar los problemas económicos que en la nostalgia imperial y reabre el debate sobre la tradición pacifista del país
China afirma que “aplastará” injerencias en Taiwán ante el anuncio de Japón de que desplegará misiles en la zona
La Segunda Guerra Mundial se saldó en Japón con aproximadamente tres millones de muertos, la destrucción de las principales ciudades y el fin de toda veleidad expansionista entre los supervivientes, los únicos que padecieron en sus carnes los efectos de la bomba atómica. Ocho décadas después, la determinación pacifista nipona presenta fisuras. Las más recientes se han evidenciado en las últimas semanas con el choque diplomático con China a expensas de Taiwán y el tono beligerante de la nueva primera ministra nipona, Sanae Takaichi.
Las razones de la supervivencia larvada del militarismo japonés remiten a la Guerra Fría. Si la Constitución de posguerra, redactada bajo influencia directa de la potencia victoriosa, EEUU, consagró solemnemente la renuncia a tener un ejército, la popularidad creciente del comunismo entre la castigada población local llevó a esa potencia –según reconoce su historiografía oficial– a favorecer el mantenimiento de una presencia militar, llamada desde 1954 “fuerzas de autodefensa”.
La política militar japonesa ha pivotado desde entonces entre el pacifismo popular y los ocasionales intentos de las élites conservadoras más nostálgicas de la época imperial por recuperar bríos guerreros. En este segundo campo se ubica la primera ministra, Sanae Takaichi, discípula de otro de los grandes halcones de la política japonesa, el desaparecido Shinzo Abe. Este promovió durante su mandato una reforma legal que, sin cambiar la Carta Magna, extendió en 2015 la definición de autodefensa para abarcar también la posibilidad de intervenir en ayuda de un país aliado.
No descartaría que fuera una manera de mantener a Trump interesado en el conflicto [de Taiwán]. Trump ha calculado el coste para EEUU [de responder a una invasión china de la isla] y sería muy superior al posible beneficio, con lo cual es una forma de decirle 'no estáis solos'
“Abe fue el mentor de Takaichi, que viene del mismo sector neoconservador y ultranacionalista”, apunta Oriol Farrés, analista del centro de investigación en relaciones internacionales CIDOB especializado en la región de Asia-Pacífico. En lo que el experto considera “el más sutil de los deslices”, Takaichi se permitió elucubrar el pasado 7 de noviembre, en una respuesta parlamentaria, sobre qué pasaría en caso de una invasión de Taiwán por parte de China con buques de guerra. Tal escenario podría constituir, según sugirió, una “situación que amenazase la supervivencia” de Japón, en referencia explícita a la formulación legal que facultaría un despliegue militar japonés.
La tormenta fue inmediata. China protestó enérgicamente, llamó al embajador nipón a consultas y desaconsejó a sus ciudadanos que viajasen al país, lo que resultó en la rauda cancelación de casi 500.000 billetes de avión, según Reuters, que cita también cálculos del Instituto de Investigación Nomura sobre las pérdidas potenciales: 14.230 millones de dólares en un año. Hasta Donald Trump, últimamente muy obsequioso con el líder chino, Xi Jinping, intervino para pedir a Takaichi que bajase el tono, según el periódico Wall Street Journal.
Congraciarse con el amigo americano es, sin embargo, uno de los posibles motivos para esta supuesta belicosidad nipona, según Farrés. “No descartaría que fuera una manera de mantener a Trump interesado en el conflicto [de Taiwán]. Trump ha calculado el coste para EEUU [de responder a una invasión china de la isla] y sería muy superior al posible beneficio, con lo cual es una forma de decirle 'no estáis solos'”, además de responder a los repetitivos llamamientos del mandatario a que “los aliados se hagan responsables de su defensa”.
Como EEUU, Japón defiende el statu quo de Taiwán que marca la doctrina de “una sola China”: sin reconocimiento de soberanía, pero con relaciones casi al nivel de las que se mantienen entre Estados. Taiwán está, además, a apenas 110 kilómetros de Yonaguni, la más suroccidental de las islas japonesas Ryukyu, donde las fuerzas de autodefensa han ido ampliando su presencia en los últimos años, para enfado chino.
En medio de la agria polémica entre vecinos, Japón anunció el 23 de noviembre que seguirá adelante con un despliegue de misiles en Yonaguni anunciado en 2022, después de que China reaccionase con unas potentes maniobras militares a la visita a Taiwán de la senadora estadounidense Nancy Pelosi.
El discurso inflamado tapa la crisis
Pese a los sucesos de estas semanas, el analista de conflictos no cree que Japón se esté convirtiendo en un país militarista y ofensivo. “La población ansía alguien que lidie con la economía [en un contexto] de inflación, [aunque] como pasa en muchas partes, también está habiendo un ascenso de la extrema derecha por factores diversos que tienen que ver también con las condiciones de vida”. El experto compara la retórica de Takaichi con la de su mentor, Abe: “La población pedía reforma económica y él fue a por la reforma de la autodefensa [...] Le pasó factura”.
Hay un debate en Japón de si el país tiene que tener un ejército convencional, como tiene la mayoría de países del mundo. Takaichi no ha llegado al poder a través de unas elecciones, sino tras la dimisión del anterior primer ministro [...] Está en una posición de debilidad
“Hay un debate en Japón de si el país tiene que tener un ejército convencional, como tiene la mayoría de países del mundo”, entiende más bien Farrés, quien señala, además, la falta de apoyo ciudadano del hipotético giro belicista. “Takaichi no ha llegado al poder a través de unas elecciones, sino tras la dimisión del anterior primer ministro [...] Está en una posición de debilidad”, argumenta.
Añade el experto que la primera ministra se enfrenta a “resistencias internas muy fuertes” de una ciudadanía reacia al militarismo. “Cuando se ha planteado reformar la Constitución, no están los apoyos”. Y rebaja la importancia del despliegue anunciado en la isla meridional: “Tiene que leerse en una lógica de refuerzo de las defensas”. También cree que el movimiento es una reacción a la creciente “asertividad” de China.
Fuese un traspié involuntario o un comentario malicioso, Takaichi ha bajado efectivamente el diapasón en las últimas jornadas, tal como le pidió Trump. En otra intervención parlamentaria afirmó que sus comentarios no fueron premeditados y que no había querido meterse en detalles. “Dijo que no había sido [un discurso] consensuado con el partido ni que supusiese un cambio de posición de Japón. Sin llegar a retractarse, le quitó hierro”, interpreta.
Farrés indica, además, que a Japón no le conviene una crisis profunda con China. “Está muy vinculado económicamente a China. Un boicot chino podría ser doloroso”, plantea, lo que le lleva a pronosticar que el conflicto diplomático se irá “suavizando”.

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